Ni fundamentalismo Laico, Ni fundamentalismo Religioso

Por Jafeth Paz Rentería

La Constitución de 1991 intenta armonizar tres proyectos de sociedad que en muchos aspectos son contradictorios. El social-demócrata, que se concreta en la figura de Estado Social de Derecho; el neoliberal, que se expresa en la lógica eficientista y de internacionalización de la economía y el multicultural, para superar la lógica excluyente del régimen anterior y su concepto restringido de Nación, al materializar el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural.

Estos proyectos de sociedad superpuestos en el texto constitucional están irradiados por el principio de pluralismo, al permitir la expresión de todas las tendencias; la profundización de la democracia con el principio de participación, lo cual implica una lógica de construcción del Estado de abajo hacia arriba y por la separación Estado-Religión, derivado de las experiencias del Estado Confesional de la Constitución de 1886.

Sin embargo, no se puede desconocer que la democracia es un sistema que contiene en su interior la semilla de su propia destrucción. Según Aristóteles, por lo general, se transforma en demagogia y hay tantos espacios inalcanzables para el principio democrático, que algunas se degradan en corruptocracias o democracias de papel como la colombiana. El caso venezolano es un ejemplo actual de cómo se entra por la puerta de la democracia, cómo se transita por sus instituciones, para luego transformarlas hasta convertirse en una dictadura.

Hoy cuando la histórica separación entre la Religión y el Estado es difusa para algunos, olvidando que este invento teórico permitió superar muchas muertes y discriminaciones “en nombre de Dios”, es importante reflexionar sobre lo que realmente está pasando en Colombia. No se puede negar que ha habido abuso de poder en algunas decisiones del Ejecutivo, extralimitación en algunas decisiones de la Corte Constitucional y en muchos casos, inoperancia del Legislativo y de los Organismos de Control.

Pero mezclar religión y política, politizar hasta los tuétanos los cultos e instrumentalizar la fe para los propósitos ideológicos de un partido, es preparar un coctel explosivo con consecuencias inesperadas. En ningún momento esto quiere decir que el cristianismo no tenga nada que decir en la construcción de la razón pública como pretende el fundamentalismo laico, pero sí significa que el Estado no puede ser capturado para que sea un operador de los intereses espirituales de algún sector como intenta el fundamentalismo religioso. Es decir, ni fundamentalismo laico ni fundamentalismo religioso.

Y es que las fronteras invisibles entre religión y política, que de alguna manera tienen un carácter ideal más que real, se han cruzado tanto que en la temporada de elecciones la fusión entre iglesias y política llegó a tal extremo que una congregación aprovechó un sepelio para ubicar estratégicamente la propaganda política del partido que apoyaban.

Es evidente que a muchas iglesias les gusta la democracia de puertas de sus templos para fuera, porque de puertas de algunos templos para dentro funcionan como verdaderas monarquias con nobleza incorporada. Esto explica el por qué el sistema de gobierno de algunas iglesias tiene un carácter piramidal, espiscopaloide, caudillezco y autocrático. Las relaciones entre el liderazgo y la feligresía son verticales, jerárquicas y funcionan más como un multinivel religioso. Y para legitimar sus acciones muchas de estas industrias de la fe han creado todo tipo de títulos rimbombantes, con los cuales crean un escenario de infalibilidad no declarada, con un poder de decisión e influencia en su espacio vital de acción, que los convierte en verdaderos “papas evangélicos” y “reyezuelos” de una monarquía eclesial.

Así las cosas, en medio de esta confusión conceptual dichos líderes se quieren presentar como los representantes del pueblo cristiano, se han autoproclamado como los interpretes auténticos de los contenidos bíblicos, por lo general explicados desde sus propias visiones y sueños, y consideran que tienen el derecho de decirle a los creyentes por quién votar, invadiendo de esta manera su órbita ideológica política. En otras palabras cualquier aproximación a Dios, implica una subordinación ideológica a sus tendencias políticas.

Por eso no me extraña que en medio de la polarizacion que vive el país, el discurso de algunas iglesias, en vez de ser una Palabra de Reconciliación, gire en el ámbito de movilidad del odio, la discriminación y en ser instrumentos útiles de la ultraderecha. Ante esto la invitación a los lectores es no seguir las orientaciones de los mercaderes del evangelio y a poner “los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb.12:2)

 

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