La inexistencia de la libertad de “Publicación” o de la falacia de la libertad de expresión.

Por Francisco Tomás González Cabañas

“La llamada libertad de expresión es en realidad una libertad de empresa privada para los inmensos oligopolios mediáticos. Por lo tanto, éstos tienen vía libre para difundir, con irresponsabilidad ética, lo que beneficia a sus intereses económicos y políticos. Amparados en dicha libertad de expresión, las grandes empresas mediáticas falsean y distorsionan los hechos, gerencian el crimen, hacen apología a los regímenes policiales, infunden paranoias colectivas” (Fajardo, C. “Pantallización del horror”). “Emilio Lledo, hablaba de una crisis de la mente, de nuestra forma de entender el mundo. Decía que «la crisis más real con independencia de los problemas económicos, que son muy reales es la crisis de la inteligencia. No estamos solo ante una corrupción de las cosas, sino ante una corrupción de la mente. A mí me llama la atención que siempre se habla, y con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tener eso, pero lo que hay que tener, principal y primariamente, es libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente”? (Guerrero, A. Reflexiones a propósito de la frase de Kierkegaard “”La gente demanda libertad de expresión como una compensación por la libertad de pensamiento que rara vez usó”.)

Sí algo debe ser resucitado a nivel colectivo, que trascienda incluso lo religioso, es precisamente el espíritu primigenio de lo democrático que tuvo como propósito que más personas tuvieran más que ver con lo concerniente a lo general, lo colectivo o el todos.

Uno de las piedras basales, que encuentra la actual democracia apocada, como para justificar su existencia, plagada de ausencias, además de garantizar el rito del voto o de lo eleccionario (que como vimos en distintas oportunidades aquí trabajadas, no hace más que perpetuar el cambio o la modificación del optar por el elegir)  es el que circula, cual grabación por redes sociales, viralizada como leyenda urbana, en que lo democrático consagra la “libertad de expresión” a costa de todo, de sí misma y de a como dé lugar.

Como slogan, como frase de consumo directo y masivo, parece provenir de las mientes de los publicistas más destacados, que vendrían a oficiar como una suerte de chamanes modernos que les dicen a los que les pagan, de qué manera, seguir siendo creíbles para los que nunca podrán pagar un publicista que los ayude a salir del engaño de la publicidad, en donde solo se benefician el publicitario y el publicitado, a costa y expensas del público maniatado y tomado como rehén.

Cualquier fecha es propicia, para recordar que en alguna oportunidad la humanidad se privó de tal libertad de expresión y que lo único que garantiza su retorno y por ello, el goce que nos propiciaría el habitar tal libertad, es mediante lo democrático. Esta certeza, revestida de ilusión es lo que termina de galvanizar la democracia como institucionalidad, y que la transforma en un real imposible, en un mito que sólo puede ser evidenciado, plenamente en un orden simbólico.

La libertad de expresión no es un derecho consagrado, mucho menos un mandato que dimana de un patriarca o de una matriarca.

La libertad de expresión es en verdad un excusa, fútil y muy conveniente, que nos conmina a un conformismo que se relame al apocar nuestras posibilidades, a acotarnos como sujetos, a reducirnos y minimizarnos, a devolvernos al útero del que provenimos, desde donde jamás tendremos problema alguno, como tampoco entidad individual.

Que una ley, o un estado de derecho, nos garantice supuestamente que podemos decir lo que nos venga en gana, en tanto y en cuanto, eso no signifique ni genere el cercenar el derecho del otro o forzar lo público o adueñárnoslo, es más que un timo grandilocuente, una contumaz fantochada.

Ni en los congresos, en las asambleas, en los cuerpos colegiados de ningún país, en donde el poder legislativo, funciona como tal, elegidos sus miembros, democráticamente, la libertad de expresión se traduce en que cierto ciudadano, pueda tomar la palabra (bajo procedimientos o metodologías organizadas o previamente acordadas) y verterla en el pleno del recinto, para que los representantes formales, escuchen la viva voz de alguien perteneciente al pueblo que dicen representar, ni tampoco ocurre algo semejante en las congregaciones religiosas que ofician encuentros con la feligresía. Nadie perteneciente a la jerarquía de algún dogma religioso, que se haya constituido en una institucionalidad que exceda la fe o el más allá, dará en sus actos más sagrados (misa, celebraciones o como se las llame a los diferentes ritos de las diversas religiosidades) la palabra central a un cordero manso del rebaño, a un seguidor, con más dudas que certezas y con más preguntas que respuestas.

Tanto lo mismo ocurre en los campos de los profesionales de la palabra. Sean estos los que reinan en el palafrén del desatino de lo académico o en lo suntuoso de lo mediático. Estos heraldos del mundo post-industrial, los que labraron el certificado de calidad a los humanos que pasivamente, transitan el mundo, renunciando al derecho humano de cuestionarse, hacen uso y abuso, más que nadie, del mandamiento sagrado de la libertad de expresión, para esconder, precisamente la inexistencia de la libertad de publicación, que es lo que deberían asegurar y garantizar, pero la que ocluyen y solapan, con más vergüenza y descaro que argumentos.

En el vergonzante reinado de lo científico, a las órdenes casi siempre de esa humanidad de su rostro más oscuro, que se apresura en dar fórmulas para acabar más rápido con el dejo de humanidad que queda, el filtro es más que obvio, contundente y claro.

Dueños de cientos de publicaciones, no sólo que nadie las lee, sino que de seguro, nadie conoce, llaman a convocatoria de artículos, dotándola a las mismos de preceptos y requisitos de una celosía formal que no tiene parangón ni razón de ser con el mundo cotidiano y lo que se debería esperar de una cientificidad más humana y por ende más flexible, inclusiva y plural. Por si se necesitase de otro dislate, dirán que podrán publicar lo que aprueben bajo el riguroso cumplimiento de lo que exigen, en tanto y en cuanto, o se tenga una carta de recomendación (en una suerte de  reafirmación de la humanidad cofrádica o facciosa) y por sobre todo se juramente, pro escrito de la condición de original y no publicada ni enviada a otro lugar de la investigación o del artículo.

Es decir, que le niegan a cualquier autor el derecho, obvio, lógico y natural de querer divulgar su obra por cuanto lugar encuentre, en nombre de un prestigio, ganado en verdad, a base de prejuicios y suposiciones. La obra misma, nunca está en cuestión, es decir siquiera es tratada por los numerarios de lo formal que no deben poder leer nada que se escape a lo arbitrario de sus preceptos.

Comunicacionalmente, en la esfera más vulgar, por ende popular y que puede ser confundida (de hecho la democracia se fortalece en la suma de confusiones que la hacen, precisamente un significante confuso y por ende indeterminado) de democrática, la libertad de expresión genera que se suprima la consabida libertad de publicación que debería garantizar, en democracia un medio que se precie de brindar un servicio de información acerca de lo público.

Nunca han existido métodos claros, salvo honrosas excepciones, de la manera o forma que tiene un medio sea para publicar una carta de lectores o seleccionar a sus columnistas. Quiénes más se esforzaron en este sentido, equivocaron el camino, dado que muchos, decidieron instituir la figura del “defensor de los lectores” cuando nunca estuvo en claro ni la institución misma del defensor del pueblo o de los vecinos o ciudadanos, otro de los tantos resultantes de nuestras afamadas democracias y sus proclamas o acciones para decir o asegurar que hace algo para no hacer nada.

La multiplicación de espacios de reflexiones, de comentarios o de afirmaciones, auto-gestionadas por sus propios hacedores (bitácoras virtuales, blogs, etc.) es la prueba cabal, de la ausencia de compromiso de los supuestos medios que garantizan libertad de expresión, cuando lo único que deberían garantizar es el derecho de publicar lo que les llega y con lo que toman contacto o al menos decir cómo y de qué manera, deciden publicar lo que publican.

En sentido contrario cuando se afirma que la instauración de las redes y los diferentes vehículos comunicativos que dan mayor velocidad garantizan una mejor comunicación, es cuando más se percibe, sobre todo en los medios de comunicación de mayor estructura o de poder real como simbólico, que ni siquiera en sus portales web en sus direcciones electrónicas ofrecen una casilla de correo o un buzón de comunicación, cuando lo tienen no funciona tal espacio o link y por lo general se terminan pareciendo mucho más a basureros electrónicos en donde muere el interés de un ciudadano en brindar su voz y en ejercer el derecho, en democracia, a ser publicado.

De nada serviría tener libertad de pensamiento, o usarla, para luego hacer uso de la libertad de expresión, sí es que no hacemos valer el derecho a la publicación de nuestras ideas, que los supuestos medios democráticos o que se nutren o viven de ella, nos lo ocultan o nos lo suprimen, callando y ocluyendo, lo único que tenemos sin que se nos cobre por ello; la palabra.

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