El relato de un migrante africano

Por Sani Ladan

“No salí de Camerún por miseria, ni por hambre. Salí porque quería estudiar, quería un futuro que en mi país no iba a poder tener. No supe que el discurso sobre los derechos humanos era una falacia hasta que me fui de mi país. Estuve dos años cruzando África hasta llegar a las costas de Europa. Dos años en los que he tenido que sortear todos los mecanismos que Europa ha implantado para externalizar su frontera. Crucé Nigeria, Niger, Argelia y Marruecos. La primera y gran dificultad fue cruzar el desierto del Sáhara. Se habla mucho de la gente que muere en el mar pero nadie habla de todos los que mueren en el desierto. No hay cifras. Sólo los que han tenido que atravesar el desierto saben de lo que estoy hablando. Éramos 4 personas, estuvimos 4 días sin comer, sin beber. Deshidratados. Sin fuerza. Al tercer día, uno de los chicos, Ibrahim, dijo que no podía más. Ya no respondía. Tuvimos que enterrarle en la arena y seguir el camino. No lo olvidaré nunca. Cuando llegué a Argelia es donde me di cuenta de que yo era diferente. Ya había salido del África negra. Ves y sientes el racismo en todas partes, en todos los pueblos por los que pasas. Y la represión policial, tanto en Argelia como en Marruecos, donde los agentes hacen de guardianes de Europa.

En Argelia dormíamos en unas grandes tuberías, como las llamábamos, por donde ya no había agua. Recuerdo una noche, durante una redada policial, en la que prendieron fuego a las dos entradas de la tubería. Estábamos dentro. El primer chico que intentó salir, tuvo quemaduras en el 80% de su cuerpo. Logramos salir de Argelia y llegamos a Marruecos. Allí estuve un año viviendo en el monte Gurugú, de un lado a otro. Intenté cruzar 3 veces a Melilla. La primera vez que llegué a los pies de la valla, se me cayó el alma a los pies. Vengo de un país en el que todos – todos – los días salen maderas, petróleos y recursos en dirección a Europa, sin ningún tipo de control. Me di cuenta entonces de que las mercancías eran más importantes que yo. Más importantes que mis compañeros. Ahí es donde me di cuenta de la gran vergüenza erigida en Ceuta y en Melilla. Una doble valla de 6 metros, con pinchos y alambres, para impedir que vengan los pobres. La última vez que lo intenté, vi cómo un joven se quedaba enganchado a la valla por las axilas y la policía marroquí, desde abajo, le tiró de las piernas. Ha sido una de las cosas más horribles que jamás he visto. Yo sólo tenía 18 años y fue en ese momento cuando decidí dejar Melilla e intentar entrar por Ceuta. Y entré nadando, en el Tarajal, donde en el 2014 “murieron” 15 personas. Murieron, oficialmente. Cuando yo llegué, años antes, la Guardia Civil nos disparaba pelotas de goma. Los disparos en la frontera siempre han existido y hay que decirlo. Yo llegué inconsciente y desperté en un hospital, a donde me había llevado la Cruz Roja. En la frontera sur hay innumerables sistemas de control. Y yo me pregunto, con todos esos mecanismos… ¿cómo nos explicamos esas muertes? Esa es la pregunta eterna que me atormenta cada día. A veces pienso que el dejar morir es un método disuasorio para que no vengan. Se habla mucho del efecto llamada y, para que no vengan, hay que dejarlos morir.

Si los muertos fueron blancos y europeos, el mundo entero temblaría. Pero son africanos y de África sólo interesan sus recursos. Mientras Europa no deje de expoliar a África, no dejarán de venir africanos. Tienen que asumirlo. No salimos por gusto a la muerte, no salimos de nuestros países porque queramos morir. Salimos sabiendo incluso lo que nos espera en la frontera sur. ¿Por qué? Porque esas guerras, esas miserias y esa pobreza está íntimamente relacionadas con explotación de los recursos de nuestro continente. Estamos en el mismo barco, pero no se están dando cuenta. Fue Europa la que quiso unir su historia a África. La que invadió el continente y se lo repartió como si sus tierras fueran trozos de tarta. Dejen a los pueblos desarrollarse sin el intervencionismo salvaje y paternalista de Occidente. Dejen de decir que hay que dar voz a África. África ya tiene voz. Déjenla en paz. Hay personas pagando miles de euros para meterse debajo de un coche y llegar a Ceuta y Melilla. Con ese dinero, cualquier europeo se paga el viaje de su vida a cualquier parte del mundo con el pasaporte que tienen. Revisen la ley de extranjería que nos persigue, que nos asfixia, y respeten los derechos humanos, que son pisoteados cada día.

Como decía Einstein, el mundo no será destruido por los que hacen el mal sino por aquellos que los miran sin hacer nada”.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *