Añoranzas perdidas

Por: Edgar Miguel Molina.

A propósito de la Paradoja de Josefo:

De los días en que José Libardo y Nora añoraban abrazarse nuevamente, uno desde las selvas colombianas, anhelando fugarse para estar con ella, y ella, secuestrada por las duras cargas y recuerdos, inmersa en la subversiva selva de cemento, anhelando que su príncipe la rescatara, o por lo menos que le ayudara con las gabelas impuestas por la insaciable sociedad… de esos días y esas añoranzas solo quedan ahora nuevas cadenas, un poco más livianas, pero igual, cadenas, a fin de cuentas.

La autoridad perdida como padre, el estrés y la ansiedad ganadas, no se comparan con la pasión, los besos y los abrazos que durante más de trece años tuvieron que negarse. A pesar de anhelar con todas sus fuerzas volver a dormir juntos, una vez el sueño se hizo realidad, el brusco despertar por el ruido de algún helicóptero sobrevolando su vecindario le hizo brincar de su cama, también espantándole a ella su sueño, sobresaltada, angustiada, sin entender por qué su esposo no podía volver a dormir y soñar.

Pero tal vez el caso de José Libardo y Nora no sea sino un botón de ejemplo de las añoranzas perdidas de muchos secuestrados y sus familias, también secuestradas junto con ellos. Me disculpo si les llamo secuestrados, quizá algún nuevo movimiento político me corrija y me obligue a llamarlos retenidos. Por supuesto que puedo llamarlos retenidos, porque durante muchos años se les retuvo su felicidad, y aún después de estar libres de los alambres de púas, para algunos su felicidad quedó retenida en las chagras y caletas, pues al regresar a sus hogares ya su compañera había buscado nuevo compañero, o sus hijos ya crecidos no estaban tan dispuestos a aceptar una autoridad casi desconocida que de repente quería que le llamaran papá y que le pidieran permiso para salir, de la misma forma que le pedían dinero para gastar.

A pesar de todo, al menos algunos regresaron, otros siguen retenidos en los recuerdos de sus madres que nunca tuvieron la oportunidad de saber en dónde quedaron sus cuerpos enterrados, retenidos en un sepulcro incierto. Pero la vida continua y el perdón cubre multitud de pecados. Ahora, tal vez, algunos de estos nuevos ciudadanos libres, después de siete, nueve, trece o catorce años en cadenas y maltratos, solo tal vez, votarán por sus captores y los elegirán en sus altas curules.

Sus captores sin rango, como peones que anhelan llegar a la octava fila para convertirse en la pieza más importante del tablero, han cambiado sus anhelos y añoranzas. Nunca desearon la libertad porque no se sentían cautivos como sus retenidos, pero ahora que sin pedirla se les ha lanzado encima y les ha abrazado como el sol que brilla para buenos y malos (aunque aquí no hay buenos y malos, sino víctimas y victimarios) ya no saben cómo disfrutar de sus deleites y hasta añoran las caminatas en la selva, la autoridad que como carceleros les era concedida sobre los retenidos o, hasta el falso sentido de poder y seguridad que les brindaba su fusil. Otros cuantos han aprendido a soñar y anhelan que sus comandantes les permitan hacer parte del selecto grupo de candidatos que podrá algún día coronar y recibir la promoción del peón que se convierte en reina, olvidando que en el tablero hay solo ocho peones y la mayoría tiene que sacrificarse para proteger a las piezas mayores.

Las piezas mayores abandonaron las armas, pero no abandonaron sus intenciones de llegar al poder, de gobernar, de regir con vara de hierro e imponer, como algún país vecino, la idea de una Colombia Bolivariana. Se confundirán con sus blancos cuellos entre la alta sociedad y disfrutarán de los vastos frutos de los paraísos fiscales, aplaudidos por un hermoso, pero olvidadizo pueblo colombiano.

El pueblo colombiano, secuestrado, retenido, vituperado, extorsionado, pero feliz a pesar de todo.  El pueblo que antes añoraba sus seres perdidos en combate y que anhelaba entrañable la paz, que aplaudía a su ejército y su fuerza pública, que se alegró con la firma de un acuerdo y que hoy vive soñando con un país libre, aunque sea gobernado por quienes durante décadas lo esclavizaron, sin saber a dónde mirar, pues la izquierda y la derecha se fusionan como un solo cuerpo, separados solo por ideas pero unidos en su actuar aprendido por siglos.

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